domingo, 9 de mayo de 2010

Jugando a las casitas

Cruzarse en un bar. Intercambiar teléfonos. Bajar el ritmo. Siempre juntos. Cada noche en una casa. Sin conocerse. Sin hacer más preguntas que la típica ¿qué tal el día? Sin pedirse explicaciones, dando sólo las justas. Sms y llamadas absurdas. ¿Qué tal el día? Saber que hay pasados, pero no querer saberlos. Pasados que se mezclan con el presente, pero sólo en horas libres. Y horas libres no hay muchas, porque el ritmo ha bajado, porque se quedan en casa. Los dan por desaparecidos. Y puede que sea cierto. Que ya no existan más allá que en ese juego. El juego de las casitas.

Hay tantas maneras de no reconocerse…

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