viernes, 24 de febrero de 2012

La mujer de negro

DIRECTOR: James Watkins
GUIÓN: Jane Goldman (Novela: Susan Hill)
MÚSICA: Marco Beltrami
FOTOGRAFÍA: Tim Maurice-Jones
REPARTO: Daniel Radcliffe, Ciarán Hinds, Roger Allam, Sophie Stuckey, Janet McTeer, Shaun Dooley

SINOPSIS: "Arthur Kipps es un joven abogado cuya empresa lo envía a un lugar remoto para vender la casa de un cliente que acaba de fallecer. La gestión, aparentemente rutinaria, tropieza con ciertas dificultades: los vecinos se muestran reacios a hablar sobre la casa o a acercarse a ella; además, nadie está dispuesto a admitir la existencia de una mujer de negro que él está seguro de haber visto."

Terror a la antigua usanza. Sombras, silencios, tensión mientras esperas el sobresalto. Una casa encantada de las que hace tiempo no se veían. La sangre y las vísceras del terror más actual, son sustituidas por efectos más sutiles, que en algún momento ponen el vello de punta. Los músculos se preparan para huir, y sólo ocupas el borde del asiento.

El gran problema que me he encontrado con esta película, es Daniel Radcliffe. No puedo decir nada malo de su trabajo, pero creo que muchos aun no estaremos preparados para verlo más allá de Harry Potter. La misma cara de amargado, que no te deja olvidar la estupidez adolescente de las últimas películas de la saga, buscando soluciones mientras se acerca al núcleo oscuro en vez de correr en dirección contraria. Maquillaje excesivo, propio de un Johnny Depp de Tim Burton, pero que no ayuda a percibirlo como posible padre de un niño de cuatro años. Como mucho, hermano mayor. O personaje siniestro de un pasaje del terror. Un papel que requiere demasiada madurez, ofrecido al eterno niño de la cicatriz en la frente. No me he quitado de encima la sensación de que era un chaval disfrazado de adulto, y esta observación me ha hecho desconectar bastantes veces de la película, a pesar de su casi perfección ambiental.

Pero por otro lado, no he sido capaz de imaginar a otro actor en este papel. He sido consciente de mi desencanto con el cine actual. Siempre los mismos, con los mismos tipos de papeles, para los mismos tipos de películas. Las nuevas generaciones pierden frescura en pos de una gran técnica. Todos actúan, cantan, bailan, hacen piruetas... Pero en cada película las mismas expresiones, el mismo tono de voz, el mismo... Sabría enumerar grandes actores de entre 40 y 70 años de edad. Pero... ¿Qué pasa con los nuevos, con los más jovenes? ¿Ya no nacen estrellas?

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lunes, 6 de febrero de 2012

Miradas

La primera vez que nos vimos yo tenía 16 años. Él 3 meses. No puedo decir que fuera amor a primera vista. En realidad cogió un trozo de jamón york y huyó, como un vulgar ladronzuelo. Volvimos a “cazarlo” y lo atamos en nuestra parcela del camping. Nos mirábamos extrañados. Yo no conocía a los gatos. Él no conocía una familia. Pero nos acoplamos a la perfección. Recuerdo mis apuntes de BUP, COU, y universidad, a través de dos orejitas puntiagudas. Siempre en mi falda, siempre atento a lo que yo hacía. Conocía todos mis secretos. Lo que no contaba a nadie, se lo contaba a él. Éramos uno. Sabía lo que pensaba con mirarme, y reaccionaba como esperaba. Dormía enrollado en mi cuello. Era una parte de mí.

Cinco años después apareció una intrusa, a la que dejamos claro que él era el primero, y era el líder. Pero al final la petarda se hizo querer, y él, con los meses, aceptó la compañía, y reconoció las ventajas de tener con quién jugar cuando yo no estaba en casa. Y la posibilidad de utilizar un poder tiránico y déspota que le daba la jerarquía. Siempre defendido por mí. Siempre defendida por él.

Y luego me fui. Me planteé llevármelo conmigo, pero no me atreví. No me pareció justo separarlos. Ni hacerle vivir un traslado a los 10 años, para estar en una casa nueva, con gente nueva, y lejos de su compinche. Eso me costó un año de ser ignorada. En mis visitas me miraba desde debajo de la mesa, entre indiferente y desafiante. Dolido. Y no supe explicarle cómo lo echaba de menos. Hasta que un día cedió. Saltó. A mi cuello. A su sitio.
Estos últimos años ha sido él el que no ha sabido explicarme el lazo que creo con mi madre. Ella lo cuidaba mientras yo me había ido lejos. Pero en mis visitas se le dividía el alma, llegando a estresarse cuando las dos coincidíamos en el salón.

Pero lo que nunca hemos dudado, ni cuando pasábamos cada segundo juntos, hasta cuando nos veíamos cuatro veces al año, es que éramos más que dueña y mascota. Eramos compañeros, amigos, confidentes. No estábamos completos el uno sin el otro. Hay más personas, más gatos, pero sólo entre nosotros existían esas miradas que lo decían todo.

Ahora sólo espero conseguir recordar todo esto, guardarlo en el corazón, y sobretodo, olvidar esa mirada. Su última mirada. Porque de nuevo, nos entendimos demasiado bien.


“¡La muerte no espera que estés preparado, la muerte no tiene miramientos, ni es justa!” (Batman Begins)