lunes, 6 de febrero de 2012

Miradas

La primera vez que nos vimos yo tenía 16 años. Él 3 meses. No puedo decir que fuera amor a primera vista. En realidad cogió un trozo de jamón york y huyó, como un vulgar ladronzuelo. Volvimos a “cazarlo” y lo atamos en nuestra parcela del camping. Nos mirábamos extrañados. Yo no conocía a los gatos. Él no conocía una familia. Pero nos acoplamos a la perfección. Recuerdo mis apuntes de BUP, COU, y universidad, a través de dos orejitas puntiagudas. Siempre en mi falda, siempre atento a lo que yo hacía. Conocía todos mis secretos. Lo que no contaba a nadie, se lo contaba a él. Éramos uno. Sabía lo que pensaba con mirarme, y reaccionaba como esperaba. Dormía enrollado en mi cuello. Era una parte de mí.

Cinco años después apareció una intrusa, a la que dejamos claro que él era el primero, y era el líder. Pero al final la petarda se hizo querer, y él, con los meses, aceptó la compañía, y reconoció las ventajas de tener con quién jugar cuando yo no estaba en casa. Y la posibilidad de utilizar un poder tiránico y déspota que le daba la jerarquía. Siempre defendido por mí. Siempre defendida por él.

Y luego me fui. Me planteé llevármelo conmigo, pero no me atreví. No me pareció justo separarlos. Ni hacerle vivir un traslado a los 10 años, para estar en una casa nueva, con gente nueva, y lejos de su compinche. Eso me costó un año de ser ignorada. En mis visitas me miraba desde debajo de la mesa, entre indiferente y desafiante. Dolido. Y no supe explicarle cómo lo echaba de menos. Hasta que un día cedió. Saltó. A mi cuello. A su sitio.
Estos últimos años ha sido él el que no ha sabido explicarme el lazo que creo con mi madre. Ella lo cuidaba mientras yo me había ido lejos. Pero en mis visitas se le dividía el alma, llegando a estresarse cuando las dos coincidíamos en el salón.

Pero lo que nunca hemos dudado, ni cuando pasábamos cada segundo juntos, hasta cuando nos veíamos cuatro veces al año, es que éramos más que dueña y mascota. Eramos compañeros, amigos, confidentes. No estábamos completos el uno sin el otro. Hay más personas, más gatos, pero sólo entre nosotros existían esas miradas que lo decían todo.

Ahora sólo espero conseguir recordar todo esto, guardarlo en el corazón, y sobretodo, olvidar esa mirada. Su última mirada. Porque de nuevo, nos entendimos demasiado bien.


“¡La muerte no espera que estés preparado, la muerte no tiene miramientos, ni es justa!” (Batman Begins)

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