domingo, 18 de marzo de 2012

Entierros

Cuando llega el fin de una larga enfermedad, ese fin anunciado, no puedes más que respirar. Una persona mayor. Muy cercana. Muy enferma. Por fin libre del dolor que le ha atenazado los últimos meses. Por fin con su dignidad recuperada. Ya no necesita que le limpien, que lo muevan, que... Y sí, sabes que a partir de ahora, vendrán otro tipo de días malos para su viuda. Los días de echar de menos. De recordar los años, una vida, viviendo juntos, compartiendo. El silencio de la casa. Un único plato sobre la mesa. Hasta que, poco a poco, sin dejar de recordar, ese silencio sea lo habitual, y ya no duela, ya no grite tan alto.

Pero durante el día de hoy, no he podido dejar de sorprenderme por el ritual del entierro. Nunca los entendí demasiado, pero creía que con los años les encontraría sentido. Pero no.

Velatorio: en el peor momento, cuando más duele, recibir a decenas de personas que te abrazan, haya confianza o no. Pasar el día sentado en una silla, siendo amable con todo el mundo, cuando posiblemente, después de una batalla hospitalaria, o un choque brutal, sólo te apetezca estar en la cama. Viendo a tu ser querido expuesto en una vitrina. Apartar tus recuerdos para quedarte con ese trozo de carne expuesto. Porque él ya no está allí. ¿Por eso esa necesidad de pensar “parece dormido”? Mirarlo compulsivamente. Sabiendo que es la última vez que lo ves. Obligándote a permanecer en pie.

Misa: un señor que no conocemos nos recuerda la maravillosa persona que se ha ido. Que no la volveremos a ver. Que empieza una vida sin él. Lo venden de despedida. Parece una porra personal del cura a ver a cuántas personas es capaz de hacer llorar, de sentirse miserables, de anticipar otras futuras pérdidas y angustiarse con la idea. Como si si no se hablara así del muerto, implicara que nadie lo quería, que cual peces en el mar no seremos capaz de recordarle por nuestra cuenta. Y por si queda alguien entero, que no le dé credibilidad al fatalismo del cura, violín y piano lloran un Ave María, invitándote a llorar con ellos. Porque no es natural la muerte. No somos animales comunes. Por eso tenemos otros sitios donde ir cuando acaba, más allá de la tripa de los gusanos. Pero es triste ir uno a uno, y tener que seguir en este sitio de paso sin ese ser querido, que nos espera sentado en una nube, pasando la eternidad mirando al infinito.

Oratorio: esta parte ha sido nueva para mí. Sólo los más cercanos, en el crematorio, cinco minutos antes de dejar a las llamas hacer su trabajo. Caja cerrada. Un círculo a su alrededor. No os cortéis, podéis poner una flor encima de la caja. Podéis decirle adiós. Algún valiente, besa la madera. Y yo sentada observo, con un nudo en la garganta. Esa necesidad de mirar una caja. De anticipar lo que espera. De recrearse en ello. De ser esa la despedida.

En mi día: haced una barbacoa (sí, lo sé, todas las convenciones sociales las arreglo con barbacoas). Poquitos. Muy poquitos. Sabréis cuales, como lo supistéis cuando cumplí treinta años. Sacad mis fotos. Las más vergonzosas. Las más divertidas. Hablad de mí con alegría. De lo cabezona que fui. De cómo me divertí. De la mala leche. De las risas y las borracheras. De las veces que me llevastéis a casa. O las que os llevé yo. De esa obra de teatro. Ese cine. Esas chuches en un banco. De lo que os haga sonreir en ese momento. Y al mismo tiempo, queramos o no, llorar. Porque la vida es así. Porque duele, pero no hay que olvidar que antes de llegar allí, hubieron momentos para recordar. Y sobretodo: no beséis mi caja. No seré yo. Será madera. Madera nueva, que nunca tuvo nada que ver conmigo. Y si lo hacéis, os estaré mirando (que sí, que somos bichos especiales y podemos hacer estas cosas), y pensando: “que cosas más raras en esta cultura. No entiendo que eso te consuele. No prefieres salir a la calle y recordar aquel día que...”

“Parlem de tu, però no pas amb pena.
Senzillament, parlem de tu, de com
ens vas deixar, del sofriment lentíssim
que va anar malfonent-te, de les teves
coses parlem, i també dels teus gustos,
del que estimaves i el que no estimaves,
del que feies i deies i senties;
de tu parlem, però no pas amb pena.

I a poc a poc esdevindràs tan nostre
que no caldrà ni que parlem de tu
per recordar-te; a poc a poc seràs
un gest, un mot, un gust, una mirada
que flueix sense dir-lo ni pensar-lo.”

(Miquel Martí i Pol)

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