domingo, 1 de mayo de 2011
Aquellos maravillosos años
Cuando te levantabas y no tenías más que pensar que en qué dibujos verías desayunando. No había que trabajar. O podías elegir trabajo. No explotaban las calderas. O no era cosa tuya. Para trasladarte, sólo necesitabas una mochila y muchas ganas. Nada daba miedo. La cerveza no sentaba como un trago de gasolina. El cine no costaba medio sueldo. No temblabas los primeros cinco días del mes pensando que puedes perder el piso por impago. Tu cabeza podía dar vueltas a temas trascendentales (o no tanto), en lugar de parecer una calculadora obsesiva que siempre suma de menos. Y un domingo en casa, era porque apetecía, no porque es lo único que te puedes permitir.
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